“NOA”

RELATO DEL CONFINAMIENTO · RESIDENCIA FIACT MASIES DE MOLLET

Elisabeth Mesa, directora.

María contemplaba el mundo desde la ventana de su habitación. Las calles permanecían desiertas y no pudo evitar recordar los días en los que era pequeña y el campanario del pueblo alertaba de un posible bombardeo. Hoy no había el estruendo de las bombas en las calle pero estaban igual de desiertas. María no quería decirlo en voz alta, no le salían las palabras, pero se preguntaba por qué tenía que volver a tener miedo a salir a la calle.   

Miró el reloj de su muñeca, el mismo reloj que su difunto marido le había regalado el día que se jubiló “para marcar todos los minutos que pasaremos juntos” le había dicho y es que Juan era comercial de una empresa de cafeteras y se pasaba media vida en la carretera.  Murió un par de años después de jubilarse. Los números bailoteaban revoltosos por las cataratas que se había negado a operarse pero pudo entrever que habían pasado un par de horas desde la comida.   

Volvió a fijar la vista en la ventana.  

-Si al menos hubiera una carretera donde ver pasar los coches…  

La ventana de su habitación se abría al patio de un colegio, y la alegría que le había dado siempre ver a los niños jugar, se había convertido en una fuerza que le oprimía el pecho y la impedía hablar al ver aquellos solitarios columpios. Sabía que tenía a todos preocupados, especialmente a Montse, la gerocultora que llevaba cuidándola los últimos dos años pero, aunque lo intentara, no le salían las palabras.  

Alguien llamó a la puerta. Sabía quien era, desde que todo esto del “bicho” empezara, en esa habitación sólo habían entrado Montse, la doctora y la chica de la limpieza, una chica extranjera de nombre impronunciable a la que, simplemente, llamaba Nena. Montse cruzó la puerta con su alegría habitual. Traía consigo un zumo de piña bien frío, como sabía que a ella le gustaba.  

-¿Cómo va la abuela más guapa de la residencia?- le preguntó al tiempo que dejaba el zumo sobre la mesita que estaba junto a la cama.  

Una sonrisa empezó a dibujarse en los labios de María, una sonrisa que se desvaneció cuando, al girarse, la vio de nuevo ataviada con aquel traje de plástico tan horrible que la cubría de arriba abajo. Pensó en todas las veces que la había oído quejarse del calor que le daba. Sus ojos era lo único que aún podía reconocer de ella. Unos ojos tristes y cansados que afloraban de entre la mascarilla y una espesa redecilla de pelo. Intentaban destilar alegría pero a ella no podía ocultarle cómo se sentía en realidad.  Quiso preguntarle cuantos días llevaba sin dormir, quiso abrazarla, quiso besarla como solía hacer todas las mañanas, pero sabía que ella la rechazaría por temor a contagiarla. No la culpó por ello pero una parte en su interior sentía la necesidad de culpar a alguien, sólo que no sabía contra quién descargar la furia.  

Tal vez por eso callara, tal vez no quisiera pagarlo con quien menos lo merecía. O tal vez sólo estuviera esperando a saber qué decir.   

-¿Le importa si me siento un momento?- preguntó Montse al tiempo que se sentaba en una esquina de la cama- hoy me caen chorretones por toda la espalda.  

María esbozó una forzada sonrisa que ambas fingieron que era real.  

– Ya falta menos María. Tiene que aguantar. Por su hija. ¡Y por su nieta! – dijo cómo si acabara de recordarlo – Está embarazada, ¿verdad?  

María asintió con pesar, miró de nuevo por la ventana hacia ese patio muerto en el que solían jugar los niños, en el que, tal vez, algún día jugara su bisnieto. Pensó en lo mucho que su nieta estaría sufriendo por ella ahora que no podía venir a verla como solía y se culpó por hacerla pasar por todo eso en su estado. Tal vez si estuviera muerta podría disfrutar las últimas semanas de embarazo sin tener que preocuparse por la vieja de su abuela, ¿qué sentido tenía ya vivir si ni siquiera podía salir de la habitación? 

Quiso decírselo a Montse, sabía que aquellas ideas no le hacían ningún bien. Abrió la boca pero las palabras se le atragantaron en el cuello.  

La gerocutora veía el sufrimiento en sus ojos pero no sabía cómo ayudarla y María tenía razón, llevaba días sin pegar ojo pero, lo que no podía decirle era que, precisamente era ella la que no le dejaba dormir. Al meterse en la cama veía su cara, escuchaba su habitual risa que se apagaba con aire fantasmal. Cada mañana veía como la vida se le escapaba frente a sus ojos y no sabía qué más hacer para devolverle las ganas de vivir.  

Montse alargó la mano para posarla sobre la rodilla de la anciana cuando algo vibró en su bolsillo. Con torpeza sacó el móvil y lo abrió. Era la familia de María y Montse descolgó ligeramente aliviada.  

-¡Hola Montse!- era Laura, la hija mediana de María, la que le sonreía a través de la pantalla. Tenía grandes ojeras bajo los ojos pero no fue eso lo que le llamó la atención, sino la gran sonrisa que dejaba al descubierto todos sus diente. 

-Hola Laura, tu madre sigue…- empezó a decir con pesar pero ella, en un estado de euforia le pidió que le pasara a su madre. Ella lo hizo. Le acercó el móvil a María para que pudiera verla bien y se preparó para ver como, una vez más, ambas salían de aquellas llamadas peor de lo que estaban al empezarlas. Laura intentando que su madre dijera cualquier cosa y María llorando porque las palabras no querían salir y las que sí querían salir eran las que no quería decir- Mamá tengo una sorpresa- dijo Laura y, de pronto, la cámara se desplazó hasta el rostro más angelical que jamás hubieran visto.  

El bebé de sonrojadas mejillas miraba con curiosidad el arrugado rostro de su bisabuela. Tenía unos ojos negros como el azabache y la miraban fijamente cuan grandes eran. María no podía apartar la mirada de la pantalla. Acercó la mano temblorosa para acariciar aquellos mofletes digitales.  

-IAIA, es tu bisnieta- se escuchó una voz a través del móvil. 

María se quedó inmóvil de repente. La boca entreabierta le temblaba ligeramente, al igual que las manos.  

– Se llama Noa.- añadió aquella voz. 

María podía sentir una oleada de calor subiéndole por el estómago. Una oleada que se encontró con el amargo nudo que la había amordazado todos estos días.  -Noa…- dijo María. Su voz temblaba y sus ojos pronto se anegaron en lágrimas. -Noa- repitió. Y ya no hubo culpa, ya no hubo tristeza, solo un renovado deseo de ver crecer a aquel hermoso regalo de Dios.  

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